El vent de dalt bufaba amb força aquella nit de Sant Joan. Sus
fuertes rachas que silbaban y ululaban en la noche de luna llena, hacían batir
con violencia los gruesos porticones de madera en la choza de adobe encalado y
tejado de brezo negro, acallando los gritos de dolor de la parturienta.
La comadrona, desde la mortecina luz de las velas miró a los
presentes con cara de solemne preocupación al tiempo que exclamaba con voz
firme.
-
La criatura viene mal y la débil salud de la madre
hace que le falten fuerzas para empujar, está perdiendo mucha sangre, pero el
niño se palpa fuerte.
En ese preciso instante, se abrió la puerta de la choza y una
fuerte racha hizo apagarse las velas, la muerte entró. En la estancia, tan solo
iluminada por la luna llena que se colaba por la ventana, yacía la cara de la
madre muerta mientras el llanto de un neonato se alzaba con fuerza sobre el
viento ensordecedor.
-
Maldito sea, que alguien encienda las velas!
(exclamó la comadrona con la voz tintada de vida y muerte).
Cuando las llamas prendieron de nuevo, el hombre que había
entrado por la puerta, se descubrió el rostro. Nadie de los presentes lo
conocía. Su faz se tornó fría y sombría fruto del dolor sobre el dolor
acumulado y exclamó.
-
Vengo de Barcelona, el padre del niño ha muerto a
manos de un pistolero. ¿Hay alguien que se pueda ocupar de el?...
-
Nadie señor, su padre y su madre eran su única
familia (afirmó la comadrona).
-
Pues yo lo haré.